La revolución del Evangelio reclama creyentes capaces de actuar en función de los excluidos de la tierra

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Por: Teófilo de la Roca

Siempre hemos oído hablar de personas que sin considerarse unos consagrados lectores de textos bíblicos, dicen estar encontrando en el Evangelio revelaciones que más parecen secretos inexplorados para tantos predicadores de oficio, para tantos teólogos, para tantos místicos que meditan sobre la palabra de Cristo.

¿Qué de extraño podrán tener las personas que viven encontrando algo “nuevo y distinto” para su vida personal y para despejar situaciones que van encontrando? Porque hasta las mismas problemáticas del mundo, sus encrucijadas, sus vanas pretensiones a través de políticas y sistemas las encuentran contempladas en una palabra que por algo está para iluminar la historia.

Solo que manejadores de la misma palabra, la revelada en Jesucristo, no logran dar con sus propios secretos y se limitan a repetirlas en las más diversas formas, sin que en nada inquieten, sacudan y menos aún lleven a crear la gran expectativa por un acontecimiento de vida, como lo sería el tal reino de Dios, en caso de ser asumido desde su propio Espíritu.

Un fenómeno de temor a la Palabra misma, le está cerrando el paso en todo lo que ha de ser su alcance de cubrimiento, de “mirada” de Dios al hombre y su circunstancia. Para mejor decir, hay incompetencia para abordar la misma palabra y permitir que desde su propia luz, se haga claridad, así se incomoden estructuras y poderes.

Podrán existir predicadores, teólogos y hasta místicos que viven de la palabra; cada quien a su modo. Los unos encontrándola como elemento de disertación, de reflexión. Los otros como punto de partida y de análisis, dentro de un concepto de academia. Unos terceros, harán de su propia espiritualidad el contenido de la palabra, sin que tampoco trascienda, ya que se experimentan temores a abordar realidades terrenas.

Entre tanto, sigue ahí la palabra, en espera de producir acontecimientos de fe, hechos de conversión, remezones de espíritu. Solo uno que otro creyente en el Cristo, logra colocarse en el gran “sueño de Dios”, al descubrir en su revelación, reservas de su propio contenido. Tanto que como palabra, le puede estar diciendo lo que nunca han podido sentir y vivir predicadores de oficio, teólogos o místicos.

Alcanzamos a creer que la revolución del Evangelio reclama un nuevo tipo de creyentes, que más puedan estarse identificando con el mismo Cristo, en lo que se propuso decir, dar a entender y sobre todo vivir. Más parece que el Cristo permanece reservado a quienes por aquello del desafío frente al acontecer histórico, le salen a lo que tanto cuesta: vivir una palabra y llegar con ella hasta las últimas consecuencias.

Lo cierto es que no encontramos seguidores del Cristo que manejen esa seguridad que tanto cuesta: la de ir en las firmezas de su propio reino. Se entiende que el Cristo fue explícito en manifestar que la mirada de Dios, lo será siempre desde experiencias de fe, capaces de llevar a actuar desde las perspectivas de los pobres, de los excluidos, de los “sin nombre”, que llamaríamos en nuestros días.

Como quien dice, seguridad desde una palabra que está ante todo para ser la esperanza de los desesperanzados. No en vano, el reino de Dios, lo viene a ser de los pocos creyentes que en el mundo han llegado a asumir el trabajo por nuevos órdenes de vida. Lo que en términos de Bienaventuranza se llama: trabajar por la justicia y por la paz.

Observamos que las distintas nominaciones de iglesias que aparecen matriculadas al Cristo, experimentan su propio afán por llegar a tantos pueblos y culturas, a fin de que conozcan  el Evangelio. Esto no basta. Si el lenguaje de la cruz y el Resucitado mismo no va en el imperativo de hacer que hombres y pueblos, merced a las duras exigencias del Cristo, de su palabra, de su verdad, se tornen libres, quedará en veremos la eficacia de quienes hablan tanto de una salvación.

Tal vez el cielo mismo, previendo ataduras y temores de sus muchos “evangelizadores”, se adelantó a universalizar su propia palabra para los pueblos y culturas, con este mensaje que lo fue de los ángeles en Belén: ¡“Gloria a Dios en las alturas! ¡Paz en la tierra entre los hombres que gozan de su favor”! El principio de la “buena voluntad” es reto mismo del cielo a “evangelizadores” y aún a “evangelizados”.

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