Semana Santa falsa en Puente Nacional: hace 70 años

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Antigua iglesia de Puente Nacional. Screenshot YouTube

Crónica del periodista y escritor Julio César Peña Suárez.

Exclusiva para EL DIARIO

Hace 70 años se produjo en Puente Nacional el famoso atentado contra el cura Isaías Ardila, párroco entonces de esta localidad. Con una bomba se buscó acabar con la vida del controvertido levita, como se decía en la época. Ante un hecho de esta naturaleza, el obispo de la Diócesis de Socorro y San Gil, Ángel María Ocampo, procedió de inmediato a aplicarle a la población Puentana el más duro y severo Castigo: Nada menos que el de la “Excomunión Territorial”, según lo contemplado por el Derecho Canónico.

¿Y en qué pudo consistir la “excomunión”? En el cierre del templo parroquial hasta nueva orden. Nada por lo tanto de servicios de Iglesia. Los moribundos, ni siquiera en “Artículo Mortis”, podrían verse con derecho a la “extremaunción”. Y ni formas de bautismos o matrimonios.

Como quien dice, todo un pueblo condenado a que el “diablo” hiciera de las suyas. Entre tanto, las almas piadosas, verían cómo acomodarse a todo un estado de resignación, así en medio de sus rosarios de cada noche, vivieran preguntándose: ¿Hasta cuándo tendremos que pagar justos por pecadores?

Lo del atentado, fue algo que aún recordamos como si hubiera sido ayer. Una bomba de considerable poder, sacó a volar la ventana de la pieza, donde se sabía que dormía el párroco. Pero la fuerza explosiva no la vino a sufrir el cura Ardila, sino un misionero franciscano. El titular de la parroquia le había  cedido su propia celda en aquellos días, cuando se habían cumplido actividades de preparación de centenares de niños para primeras comuniones.

Cuando ya los sacerdotes habían celebrado, junto con la comunidad puentana, la gran solemnidad litúrgica para  niños tanto del sector urbano, como de las áreas rurales, con desayuno incluido para todos los infantes en la casa cural y todo en el día había sido una gran fiesta colectiva de “bombo y platillo”, cuando ya de la gran jornada solo quedaba el cansancio y todo mundo en el poblado se había retirado a sus casas y llevaba sus horas de sueño, ya a altas horas de la noche, un estruendo estremeció el sector céntrico de la localidad.

¿Qué ha pasado? Se preguntaba cada quien, luego de haber oído el profundo estallido, en la noche de un día que había revestido tanta solemnidad, aquella del 28 de septiembre de 1947. ¿Qué ha pasado? Era la gran pregunta de pánico. Lo cierto fue que quienes vivíamos en casas cercanas al templo parroquial, quedamos sentados en la cama, sin imaginarnos qué podría haber sido aquel estruendo.

Minutos después, fuimos escuchando en la calle, uno que otro murmullo de la gente. Más tarde todo un tumulto humano, aparecía observando que ni trizas habían quedado de la gran ventana, no de fácil acceso, ya que como las demás ventanas de la casa cural, estaba construida a cierta altura del piso. Todo más daba el aspecto de una grande tronera. Aunque nadie se atrevía a atisbar qué podía haber sido de la suerte del cura Isaías Ardila y del misionero franciscano Francisco Álvarez Martínez.

¿Quiénes pudieron ser los autores del atentado? Era otro de los grandes interrogantes aquella “noche septembrina”. Nadie de los observadores, se atrevía a comentar hechos y circunstancias.

De todos modos en Puente Nacional había surgido un clima de tensión entre el cura Isaías Ardila y ciertos “notables” de la sociedad puentana.

Lo cierto era que en la localidad no faltaban las prestantes figuras del “liberalismo” que poco o nada con lo clerical y menos con el cura Ardila. Y eso que como párroco había sido dinámico: le había  dedicado su tiempo para reestructurar el archivo parroquial; había construido la capilla del cementerio; había hecho elaborar planos para un nuevo templo parroquial. Y como historiador que lo era, había recobrado importantes datos biográficos del municipio.

Foto | Vía naurotorres.blogspot.com.co

Pero ya en su posición personal como cura, Isaías Ardila no miraba con buenos ojos al Partido Liberal, menos a la “dirigencia” de esta colectividad en Puente Nacional, que entre otras cosas podía tener su “reducto” de mentalidad más que cargada de pasión.

De otra parte, no se puede desconocer que constante histórica del clero, era considerar al liberalismo como un virtual oponente. Eran los tiempos en los cuales, el Partido Rojo, propendía en Colombia por un Estado Laico; “masón”, como se solía decir desde los púlpitos. Y en verdad que el liberalismo buscaba el desmonte de poderes y de influencias por parte de la Iglesia. En otros términos, se tenía como objetivo reducir la acción de lo “eclesial”, no más que a los templos y a las sacristías.

Por los años 40, Puente Nacional figuraba como uno de los más renombrados “fortines liberales” de la época. Tal vez por ello a su “dirigencia política”, la tenía sin cuidado lo que pudiera pensar el cura Isaías Ardila, con todo y su lenguaje desde el púlpito: plegado como siempre al gran soporte de la Iglesia y que lo era el Partido Conservador. Fácilmente los liberales tendrían expresiones como esta: “Allá el cura Ardila desde el templo y nosotros desde la plaza pública, que es lo importante”.

Y en la plaza pública, el 7 de septiembre de 1947, se llevó a cabo un gran bazar liberal. No faltó sin embargo, el incidente: algún ciudadano, llevado por exceso de tragos, terminó haciendo varios disparos. Vaya a lo que fue la reacción del párroco Isaías Ardila: tomó el hecho como ofensa personal e intento incluso de homicidio. Al domingo siguiente desde el púlpito arreció en contra de la “dirigencia liberal”, calificándolos de sacrílegos y falsos fieles de Dios.

Tal vez otro hubiera sido el clima de situación, con el anterior párroco: el cura Rito Antonio Nova. Mal que bien, había tenido su aceptación, en medio de naturales contratiempos. Todo porque en medio de todo era considerado como magnánimo, complaciente y hasta tolerante. Tanto que se decía, que podía ser hasta “liberal”, al menos por ser oriundo de Mogotes.

El tercer párroco que al liberalismo puentano le tocó en suerte, más parece que no fue tampoco de buen recibo. Lo pudo ser para unas mayorías del contexto de la parroquia, que al fin y al cabo eran las que habían sufrido en carne propia el castigo de la “excomunión”. Ya para algún “reducto” de liberales nada podía importarles abocar a la población al peligro de un nuevo caso de “entredicho”.

Lo cierto fue que un lunes, día de mercado, como a eso de las 10 de la mañana, un grupo de individuos, apostados en la esquina lateral a la casa cural, prendían voladores, colocándolos en forma inclinada; de tal modo que llegaran  a estallar en pleno patio de la casa parroquial. Todo observábamos que lo hacían en medio de risotadas.

Tal vez no fallaron con ningún volador. ¿Objetivo? Lograr que el cura Antonio María Rangel saliera a la puerta y verlo montado en cólera, como en efecto sucedió.

Recordamos, como si hubiera sido ayer, aquel hecho. Nos parece estar viendo al presbítero, con sus manos empuñadas, como golpeado con sus brazos el aire de hostilidad, de desafío en que se veía colocado, por parte de unos “come curas”. Allá se observaba que gritaba a voz en cuello, tal vez diciendo: “Villanos, cobardes de la peor calaña. Si a Isaías lo sacaron de este pueblo, así porque sí, no piensen que conmigo van a poder hacer lo mismo. Todo lo lograrán, menos que me asusten o renuncie a enfrentarlos si es preciso, parranda de malvados”.

Y es que palabras más, palabras menos, esta pudo ser la gran imprecación en el “sermón” el domingo siguiente. Solo que al templo, como de costumbre, solo llegaban los hombres y mujeres de “buna voluntad”, en su costumbre y tradición de religiosidad popular, siempre para hacer de lo devocional su experiencia de fe.

Ya los de aires “anticlericales”, seguirían a lo mejor craneando algún otro hecho, sin importarles en lo más mínimo cuanto pudiera ser objeto de reacción para lo “doctrinero”, en una población donde al obispo se le había dado por emplear su propia arma: La de la “excomunión”.

Lo cierto es que los caminos de Dios, tanto para el clero, como para sus propios opositores, más resultaron ser otros. Al menos así lo entendieron quienes por aquello de lo profético en la época, llegaron a esta conclusión. Decían: “Flaco servicio fue siempre el de curas que en vez de creerle a Dios, le creyeron a lo nefasto: crear vientos para cosechar tempestades, como si la lucha contra sí mismos no hubiera sido lo imperioso, para así no haber tenido que luchar contra los necios, que los ha habido siempre en la historia y de todas las pelambres”.

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Los necios por su parte, terminaron cayendo en la red de las ironías. Lo cierto fue que no escaparon a verse alcanzados y aún abarcados por lo insólito: ¿Qué? Mientras los inocentes moradores sufrían los efectos del “entredicho” o excomunión, ellos que persistían en sus “incredulidades”, se vieron de pronto impactados por un hecho inesperado, en el abril aquel del año 1948. Arribo grande, acontecimiento trascendental: el arribo a Puente Nacional de dos “misioneros” provenientes de Bogotá; fueron recibidos y con gran regocijo multitudinario: que más que se proponían la celebración de la “semana santa”.

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Entre mezclados entre la multitud y la sociedad o aristocracia puentana, nada de extraño, que se hubieran revestido como las mayorías, de penitentes. Y hasta hubieran llegado a profundos actos de conversión, ante los sermones, de oratoria sagrada nunca escuchada, de teología como jamás la logró plantear el cura Isaías Ardila. Porque había que ver el sacudimiento que logró para conciencias y voluntades el “misionero” José Escobar Montoya. Solo que resultó ser un “cura falso”, como su compañero celebrante de la “Semana Mayor”. Y aquello dio para que los obispos acabaran por decir: “Eso era lo que se merecían los “liberales de Puente Nacional”: una “semana del diablo”.

Vaya a verse, sin embargo: aquello resultó ser la “semana santa más fervorosa” que hubieran podido vivir creyentes y no creyentes en Puente Real de Vélez, como lo llaman los historiadores. Los pormenores del insólito hecho, hasta darían para todo un seriado de televisión, apasionante, aún para las nuevas generaciones, que no tendrán hoy idea de lo que podían ser curas de “cacicazgos”, enfrentados a “gamonales” liberales, haciéndose balancear en sus propios “oscurantismos”, porque la pasión por lo “político” hasta ha hecho perder los hilos de la salvación histórica: la que nunca entendieron y menos aún vivieron curas y liberales de la época más controvertida del siglo XX.

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