El hombre moderno más parece ser víctima de la esclavitud material

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Son las cosas y el afán por ellas lo que tornan al hombre agresivo y hasta violento. O reacciona para comunicar vida, o estará perdiendo el hilo de su propia existencia.

Hay  verdades que merecerían ser pronunciadas para la sociedad de nuestro tiempo, pero que, no inquietarían; ni siquiera tendrían eco. ¿Qué tal que como verdad, dijéramos que la mayoría de los hombres en nuestros contextos sociales viven más que engañados?

¡Pero vaya uno a ver si la gente cree verse o sentirse engañada! Y para peor, engañada no tanto por el bombardeo publicitario que muestra el gran movimiento mercantilista, sino, por todo lo que parece reducirlo a una sociedad de consumo, al desentenderse de lo humano en todos sus órdenes y que conlleva a lo que se considera como el desfase de la civilización occidental.

El gran engaño en que permanece el hombre de nuestro tiempo, y que padece tanto el pobre como el rico, tanto el letrado como el iletrado, está en haberse creado unos patrones de vida que lo  han hecho perder de vista lo esencial del existir y del coexistir, en grave decadencia de valores morales y espirituales.

El fenómeno, es más de distracción que de superficialidad. Por lo general, se marcha en función de las cosas, como si éstas fueran el haber o el tener, o como si todo lo que produce un confort de apariencia momentánea, fuera lo prioritario o esencial. Pero, ¿qué seguridades pueden ofrecer las cosas? Cierto, que, hay justificación de vida, al inquietarse por un “estar bien”. Pero eso no lo es todo, lo único, lo primordial.

Son las actitudes y las decisiones las que cuentan en el gran don del existir. De nada sirve rodearnos de cosas, si como seres humanos, no hemos aprendido a enternecer la vida, la propia y ajena, desde una profunda delicadeza y convicción, en el actuar y en el hablar.

¿Si no alcanzamos a comprender que la interrelación humana debe encerrar calidez espiritual, cómo pretendemos explicar lo que desconocemos? La sabiduría está, no en los mares de conocimientos, que se pueden extractar de tomos, cátedras o fuentes de información; ni en los principios o convicciones que se manejen, sino, en la capacidad de entenderse y aún de acoger a todos los semejantes, en el trato a que nos vaya abocando nuestra propia realidad.

Son las cosas y el afán por ellas, las que tornan agresivo al hombre, haciéndole perder el hilo de la existencia. Queda una alternativa: O, comunicamos vida, o, permanecemos en un eterno engaño.

Solo que, para comunicar vida, se necesita precisamente reencontrarnos, descubrirnos y hallar de pronto la gran tragedia de no haber tenido idea de lo que es en sí, el verdadero sentido de su dimensión ultra-terrena.

Sencillamente, vivir, es romper ataduras, salir de ese “yo” ensimismado en las cosas, para terminar reconociendo pequeñeces de miras, ruindades, egoísmos y odios ancestrales.

Solo las actitudes plenamente humanas, sensibles, inspiradas en la humildad, que es verdad en sí mismo, tornan al hombre trascendente; ya que, al serlo, puede irradiar serenidad, bondad, comprensión, sencillez. En fin, la vida en el fondo es el contenido de esta sencilla fórmula de componentes: ternura, justicia, amor y paz.

Teniendo en cuenta que en ninguna parte del mundo el hombre se ha realizado como tal, a pesar de haber contado con maestros y que más han sido luminarias del intelecto, que han vertido su inspiración, su desvelo y su esfuerzo, en hermosas páginas humanísticas acerca de lo trascendente y lo fundamental de la existencia en todos los planos (material, espiritual, intelectivo, etc.), se pudiera decir que no han sido escuchados.

Hoy por hoy, los pioneros de lo trascendental, de lo esencial, están desoídos, desconocidos, desterrados por el mundanal, maquinal y artificial ruido de la intolerancia, la insolencia y la incoherencia aturdidora y estridente del mundo actual.

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