Solo el trabajo por toda justicia, tornará feliz al hombre

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Por: Teófilo de la Roca

Hoy más que nunca, los jóvenes, son la presencia misma de la Iglesia en el mundo

Nuevamente Juan Bautista en escena. Aunque permanece bajo las rejas, dirige desde la cárcel su propio operativo de hombres interesados en conocer el hecho mesiánico de que ya se habla en el ambiente judío.

Juan es consciente de la presencia de Jesús, de las correrías que ya ha emprendido. Pero sus discípulos no parecen conocer de cerca el caso de Jesús. A lo mejor no distinguen al personaje o no lo han visto actuar. Por eso le llegan a la cárcel, para que Juan les indique cómo hacer, para contactarse con el Jesús de que ya se habla entre la gente, pero sin saber si es o no el Mesías.

Juan entiende la inquietud de sus discípulos y envía a dos de ellos a que reporten al que ya siguen muchos en Israel.   Sencillamente les indica qué preguntas le deben formular. Jesús al verse ante los delegados de Juan, no creyó del caso identificarse como el anunciado,   como el prometido, como el Mesías. Simplemente les entregó datos de hechos prodigiosos y que le indicaran al bautista que la buena nueva ya estaba siendo anunciada a los pebres.

Luego de cumplirse el reporte, por parte de Jesús, el Maestro mismo se fue dirigiendo a la gente que lo rodeaba para hacer claridad sobre la personalidad de Juan, no sin antes formular sus preguntas sobre lo que pudiera pensarse de él. Porque a lo mejor, se podría estar creyendo que era un profeta más.

Jesús puntualiza diciendo que Juan era más que un profeta. Es más, llega a decir: «Entre los nacidos de mujer, no hay nadie mayor que Juan». Pero aclara que «el más pequeño en el Reino de Dios es más que Juan». Con ello da a entender Jesús que, con la nueva alianza, se irá más lejos en la gran revelación de Dios a los hombres y que es e! Reino de Dios el gran acontecimiento de la fe y del amor que vivirán desde la historia los nueves creyentes.

Juan llama a reformar la vida, que es el comienzo para entender de justicia. Jesús indicará desde su discurso de las Bienaventuranzas, que es el trabajo por toda justicia lo que tornará feliz al hombre.

Efectivamente, quien trabaja por la paz y la justicia, llega a comprender que el amor, que puede parecer causa difícil y hasta ineficaz, viene a valer mucho más que tantas manifestaciones de culto y que tantas formas aparentes de transformar la historia y hasta de formalizar proyectos de paz.

Es la   identidad   con el gran   mensaje   de Dios   revelado   en Jesucristo, lo que lleva a la transformación de vida; a que se produzcan hechos de justicia y de dignidad humana; es la identidad con el Evangelio lo que puede conducir a que los hombres construyan la civilización del amor, como el gran proyecto de Dios para que en la tierra se experimente la alegría de compartir un planeta, que ha de ser como el gran altar del hombre en el ofrecimiento a su Dios de todo lo que le fue dado para su propia felicidad o descubrimiento del valor de la vida.

Una de las grandes preocupaciones de la Iglesia en nuestros días es lograr demostrar ante al mundo que su acción está resultando profética. Diríamos que es el gran desafío para la Iglesia. ¿Por qué? Porque se trata de responder a expectativas. De algún modo se espera que el reporte de obras de los nuevos creyentes, encierren el gran objetivo de Jesús: el que ya en su momento, en su contacto con la gente, venía cumpliendo y que lo expresó con claridad en su reporte dado a los discípulos de Juan, esto es, que la buena nueva estaba siendo anunciada a los pobres.

Si hay zonas del mundo donde la Iglesia debe marchar solidaria con los pobres, es en regiones latinoamericanas. Son zonas pertenecientes al llamado continente de la esperanza considerado por la misma Iglesia como continente de la esperanza. ¿Por qué? Porque representa la gran reserva, de creyentes en el Cristo salvador.

El anuncio de la buena nueva en América Latina, debe encerrar tal fuerza de compromiso  y de acción, que los pobres y que son aún las mayorías, deben verse atendidos y defendidos en sus derechos esenciales de justicia, de vida; merced precisamente a una Iglesia vigilante y actuante. De lo contrario, se estará en deuda con el pueblo de Dios en esta zona del planeta, favorecida por Dios con el gran don de la fe y por lo tanto de la esperanza.

Además, hay que tener en cuenta lo que debe significar para la Iglesia y para el mundo la presencia de la juventud en la dinámica de la fe. Por algo el Papa Francisco llegó a decirles a los jóvenes en Panamá: “Ustedes son la presencia misma de la Iglesia en el mundo”.

 

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