La manteca

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Foto | Vía Netflix

Por | Silvio Avendaño

Cuando caminaba por la Séptima, cerca de la Avenida Diecinueve, en la Atenas Suramericana, o mejor, la-tenaz-suramericana, un grupo de cantantes ruanetas entonaban una melodía: “La mantecocracia”. Vino a mí mente la película “Roma”, que toma el nombre de un barrio de ciudad de México. Narra la vida de una familia de clase media y, Cleo, su trabajadora doméstica. El film, película de Cuarón, nominada para los Oscar en 2019.

Contrasta el tema del film con la realidad cercana. Es significativo el nombre de sirvienta, cuyos sinónimos son criada, fámula, muchacha, mucama, regalada… Las muchachas de servicio vienen de sectores pobres o de recién llegados del campo. Consiguen “coloca” en la casa de la familia de “gente de bien”. No encuentran un trabajo, tampoco empleo sino servidumbre o esclavitud.

A la “muchacha de servicio” se le mira como la “manteca”, o peor, “animal salvaje.” Como empleada se ocupa de las tareas del hogar. Cocinar, lavar, limpiar, planchar, pasear el perro, limpiar la mesa y de todos los oficios de la casa. Además, puede llegar a ser la manteca que necesita el señor de la casa para engrasar su vida y, también para los inicios sexuales del “niño”. En cuanto al salario se suele considerar que, como vive en el hogar, come, duerme y se viste con los chiros viejos, se encuentra bien remunerada. “Agradezca que aquí tiene techo y comida”.

Pero lo más curioso es la mentalidad de quienes construyen las casas, apartamentos o mansiones, pues lleva a reflexionar sobre la idiosincrasia de los arquitectos, ingenieros y constructores. No se trata del pensamiento sistemático sino del caudal de ideas que constituyen el patrimonio que en las construcciones se manifiesta. La mentalidad no se queda en ideas abstractas, De manera poco racional, inconsciente o subconscientemente, como si existiera un pacto secreto impone las condiciones de cómo debe vivir la “mugrosa”.

Hay actitudes y predisposiciones que hacen posible el desconocimiento. Precisamente a medida que se disuelve la racionalidad, a medida que se hace menos clara, las ideas de arquitectos, ingenieros diseñadores de casas, trasmiten las motivaciones que tocan con el desconocimiento, de tal modo que, lo que se bosqueja en el diseño de las construcciones familiares, es la servidumbre, la pura negación. En la construcción se hace visible la ausencia del otro, como se puede ver en cómo se distribuye el espacio de la vivienda. Precisamente a medida que se entra en el apartamento o la casa se hace menos clara la sensatez. La irracionalidad y la fuerza de la construcción alcanzan el grado máximo en el cuarto de la muchacha de servicio.

Mientras el hogar de la familia se caracteriza por una sala amplia y cómoda, un comedor elegante, alcobas iluminadas, cortinas finas, agua tibia en los baños, el cuarto de la muchacha es un espacio mínimo. En ese lugar estrecho, muchas veces sin ventana, se levanta del piso un mesón de cemento (no una cama) sobre la cual viene la estera, un junco o un colchón miserable. Una almohada dura como piedra. Sin un mueble para la ropa, los zapatos, los utensilios personales. Un baño donde escasamente cabe la mucama. Y un sanitario que deja mucho que desear.

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