De 1819 a 2019: la independencia de Colombia en caída libre

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Foto: Presidencia de la República

Por:  Armando Suescún / Exrector de la UPTC

La obsecuencia del gobierno colombiano de acolitar la política intervencionista y agresiva del gobierno de Estados Unidos contra Venezuela, representa la abdicación de la independencia de Colombia. Ello significa que la independencia colombiana, conquistada por los libertadores en 1819 con el sacrificio de tantas vidas y tantos sacrificios, ha desparecido por completo o va en caída libre.

Después de 300 años de resistencia armada y pasiva, pero infructuosa, de los pueblos indígenas de la Nueva Granada  contra los colonizadores españoles, el 7 de agosto de 1819, un ejército compuesto por soldados venezolanos y granadinos –campesinos, indios, mestizos, negros y mulatos–,  comandado por el Libertador Simón Bolívar y una pléyade de valientes oficiales, derrotó definitivamente al ejército español en la batalla del Puente de Boyacá. Esa victoria militar significó la conquista de la independencia y la libertad de Colombia. El ejército libertador  recuperó la independencia y la libertad que los invasores españoles habían destrozado en este país desde el siglo XVI.

Sin embargo, por esos mismos años surgió un nuevo y poderoso enemigo de América Latina: los Estados Unidos. País dueño de un inmenso territorio y de enormes riquezas, comenzó desde entonces a sentirse amo y señor de todo el continente. En 1823, el presidente Monroe, lanzó su célebre doctrina: “América para los americanos”, cuyo verdadero significado era América para los norte americanos. Pocos años más tarde, en 1845, el influyente periodista estadounidense John O’Sullivan planteó la tesis del “destino manifiesto” de Estados Unidos: “El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha asignado la Providencia”.

Desde entonces, el concepto del “destino manifiesto” ha dominado el pensamiento y la política de Estados Unidos. El presidente Taft declaró oficialmente en 1909: “No está lejos el día en que tres banderas de barras y estrellas señalen la extensión de nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el Canal de Panamá y la tercera en el Polo Sur. Todo el hemisferio será nuestro, como por nuestra superioridad ya es nuestro moralmente”. En desarrollo de ese criterio expansionista, en 1845 y 1848 Estados Unidos se anexó los territorios de Texas y California, pertenecientes a México,  e invadió ese país en1846. Como consecuencia de esa guerra, Estados Unidos se apropió de Colorado, Arizona, Nuevo México, Nevada, Utah y partes de Wyoming, Kansas y Oklahoma; en total 2.100.000 kilómetros cuadrados, equivalente al 55 % del territorio mexicano. A cambio, se comprometió a pagarle a México 15 millones de dólares. Años después, en 1857, invadió a Nicaragua, y en 1903 se apropió de Panamá, departamento colombiano,  por el cual pagó una indemnización de 25 millones de dólares en 1923. Fue entonces, también, cuando el presidente Marco Fidel Suárez señaló la futura orientación de la política internacional de Colombia con su doctrina del “Respice pollum” (mirad hacia el Norte). Desde entonces, la política interna e internacional de Colombia, a través de todos los gobiernos, ha estado alineada con la de Estados Unidos.

Pero esa  tradicional dependencia de Colombia frente a Estados Unidos se ha transformado ahora, en 2019, –cuando celebramos el bicentenario de la batalla del Puente de Boyacá, que logró la independencia colombiana–, en un sometimiento vergonzoso. En los últimos años, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha adelantado una frontal arremetida contra Venezuela, por dos motivos principales: el primero, su apetencia por los inmensos recursos de petróleo de Venezuela, país que tiene las mayores reservas del mundo y es uno de los más ricos en gas, oro, diamantes, coltán, uranio, bauxita, hierro y agua dulce, mientras Estados Unidos es el principal país consumidor de petróleo y de los otros minerales estratégicos, que requiere para conservar su hegemonía mundial.

“La actitud del presidente Duque en esta coyuntura es de una total irresponsabilidad, pues la eventual intervención militar de Estados Unidos en Venezuela para derrocar el gobierno de Maduro, significaría una guerra internacional que afectaría directamente y en primer lugar a Colombia, país que tiene una frontera terrestre de más de 2.200 kilómetros con Venezuela, una población colombiana residente en ese país superior a los 2 millones de personas  y lazos de hermandad histórica indestructibles con el pueblo venezolano”.

El segundo, de carácter político, es su interés por destruir la revolución bolivariana, iniciada en Venezuela por el presidente Hugo Chávez, ya fallecido, y continuada por el presidente Nicolás Maduro. Esa revolución, desde los tiempos de Chávez,  organizó la formación de un bloque de países latinoamericanos, integrado por  Venezuela, Cuba, Bolivia, Nicaragua y algunos países caribeños, (ALBA, Alianza Bolivariana de América Latina), que rechazan la dependencia de Estados Unidos. Son cerca de diez países latinoamericanos y caribeños que ya no están en el redil de Estados Unidos. Para el imperio, convencido de su “destino manifiesto”, de que todo el continente americano le pertenece  y que América Latina es apenas su “patio trasero”,  esta es una situación intolerable. No pueden permitir que Venezuela y los demás países del ALBA no estén bajo su control y, muchísimo menos, que esos países profesen ideas socialistas o progresistas. Su arremetida apunta a eliminar de raíz toda posición socialista o de izquierda en América Latina.

Por esos dos motivos, ahora Estados Unidos adelanta una política intervencionista tendiente a apoderarse de Venezuela. No es por restablecer la democracia y la libertad en Venezuela que Estados Unidos adelanta su política injerencista en Venezuela, como lo dicen y repiten insistentemente. Estados Unidos es el principal enemigo de la democracia y la libertad en el mundo, como lo atestiguan sus tradicionales políticas racistas, imperialistas y sus 46 intervenciones militares en América Latina para derrocar los gobiernos progresistas de Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954, de Johao Goulart en Brasil en 1964, de Salvador Allende en Chile en 1973, del general Torrijos en Panamá, de Juan Bosh en República Dominicana en 1965, de Grenada, etc. Si en verdad su lucha fuera por restablecer la democracia y la libertad, ya la habría iniciado contra Arabia saudita, Kuwait y Emiratos Árabes donde no existe ninguna democracia ni libertad, pero que ya están bajo su absoluto control político y económico. La ofensiva de Estados Unidos contra Venezuela no es por la democracia y la libertad de ese país, sino por apoderarse de sus inmensos ricos recursos naturales.

“Una intervención militar de Estados Unidos sobre Venezuela abriría la puerta para sucesivas intervenciones militares contra Cuba, Bolivia y Nicaragua e incendiaría en guerra a toda América Latina”.

En desarrollo de esa política, el presidente Donald Trump procedió a bloquear 10.000 mil millones de dólares depositados por Venezuela en bancos estadounidenses, a embargar y secuestrar la empresa Citgo Petroleum, de propiedad de PDVSA, sus refinerías de petróleo y su aparato de distribución de combustibles en Estados Unidos. Estableció un total bloqueo comercial y financiero sobre Venezuela, como lo hizo contra Cuba desde 1962. Adicionalmente, Gran Bretaña, siguiendo su ejemplo  ha embargado 1.200 millones de dólares de las reservas internacionales de Venezuela, depositados en bancos de Londres. Ese ilegal bloqueo económico, financiero y comercial contra Venezuela es lo que ha generado la inflación desmedida, la crisis del aparato productivo, la escasez de alimentos, medicinas e insumos industriales en Venezuela, sin descartar los posibles errores de carácter económico que haya podido cometer el gobierno venezolano.

En desarrollo de la política injerencista de Estados Unidos, el presidente Trump declaró públicamente en la Casa Blanca, en presencia del presidente de Colombia, Iván Duque, que todas las opciones contra Venezuela “estaban sobre la mesa”, dando a entender con ello que no descartaba la intervención militar. Ante tan agresiva declaración de Trump, Duque no replicó en contrario, como era su deber de presidente de un país soberano y hermano de Venezuela, sino que permaneció en silencio. Su silencio fue un asentimiento tácito a esa amenaza. Además, en los días siguientes, Duque promovió la organización de un grupo de países latinoamericanos de derecha, el grupo de Lima, para derrocar el gobierno constitucional de Nicolás Maduro y facilitó el territorio colombiano para preparar el ingreso a Venezuela de una pretendida “ayuda humanitaria”, contra la voluntad del gobierno de ese país. Es ostensible cómo estas acciones del gobierno colombiano violan flagrantemente la Carta de las Naciones Unidas que establece la autodeterminación de los pueblos, la no intervención en los asuntos internos de otros países, prohíbe el ingreso de supuestas ayudas sin autorización expresa del gobierno implicado y el uso o la amenaza de la fuerza contra ellos.

“En ocasiones, hemos entregado girones importantes del territorio nacional sin protestar y a veces sin darnos cuenta”.  

La obsecuencia del gobierno colombiano de acolitar la política intervencionista y agresiva del gobierno de Estados Unidos contra Venezuela, representa la abdicación de la independencia de Colombia. Ello significa que la independencia colombiana, conquistada por los libertadores en 1819 con el sacrificio de tantas vidas y tantos sacrificios, ha desparecido por completo o va en caída libre. Desde mediados del siglo XIX, los colombianos no hemos sabido valorar nuestra independencia, ni mucho menos defenderla. En ocasiones, hemos entregado girones importantes del territorio nacional sin protestar y a veces sin darnos cuenta. Cuando nos arrebataron el Departamento de Panamá, en 1903, no supimos o no fuimos capaces de defenderlo. En esta ocasión, el presidente Duque olvida que Colombia es un país independiente y soberano y, sin embargo, asume la triste tarea de monaguillo del imperio para derrocar el gobierno de un país hermano.

De otra parte, la actitud del presidente Duque en esta coyuntura es de una total irresponsabilidad, pues la eventual intervención militar de Estados Unidos en Venezuela para derrocar el gobierno de Maduro, significaría una guerra internacional que afectaría directamente y en primer lugar a Colombia, país que tiene una frontera terrestre de más de 2.200 kilómetros con Venezuela, una población colombiana residente en ese país superior a los 2 millones de personas  y lazos de hermandad histórica indestructibles con el pueblo venezolano. Así mismo, una intervención militar de Estados Unidos sobre Venezuela abriría la puerta para sucesivas intervenciones militares contra Cuba, Bolivia y Nicaragua e incendiaría en guerra a toda América Latina.

1 COMENTARIO

  1. Como para Ripley!!! . A la vieja ea que tienen de ministra de justicia, en lugar de soñar con su marido o con su novio, se le dio por soñar haciendo carceles en Boyacá. Y los boyacos con las babas escurridas idiotizados con la idea. Para que nos demos cuenta que a Boyacá la tienen en cuenta es para que sirva de bodega de criminales y hampones, como si no fuera suficiente con los que tenemos. ,!!!!

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