Sin experiencia de paz, no habrá para Colombia condición de vida

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Nada más preocupante para el país social, que encontrarse ante mentalidades, estructuras y poderes que hoy se toman el atrevimiento de emplear lenguajes pacificadores, cuando la civilización política reclama no más que lenguajes pacifistas.

Toda guerra que saque a perder de su propio terruño a población civil, que encierre el drama de madres huyendo despavoridas con sus niños de brazos hechos un llanto es guerra, que coloca a sus propios protagonistas en la condición de otros Herodes más en la historia, causando el pánico en función del poder: el que se busca mantener o el que se busca conquistar.

Europa, que sufrió dos guerras mundiales, nunca más querrá saber de conflictos bélicos en sus territorios. En nuestro continente, los países centroamericanos, que hasta hace años lograron salir de situaciones de guerra interna, no volverán a verse envueltos en luchas armadas. Colombia, entre tanto, más parece país que ha hecho de la guerra su constante histórica. Como nación, no logra liberarse de sus propios Herodes, causando .desplazamientos, como los que tuvieron que vivir dos personajes bíblicos, María y José, huyendo hacia Egipto para evitar que su niño, el rey de los judíos, muriera dentro de la situación de terrorismo y de muerte masiva de niños inocentes, ordenada por Herodes.

Cuando parecía que a Colombia le había bastado con sus guerras civiles, no tardó en recaer en su gran escándalo de violencia bipartidista y para peor, en el fenómeno del bandolerismo, de lo cual nos habla la obra teatral: “Años Sincuenta». Ahora los dramaturgos tendrían que montar una nueva obra, más para llamarla «Años sin fin»: los de la guerra.

Sí fuera por asuntos ideológicos, en la lucha por el poder, vaya y venga.  Al fin y al cabo, luchas y conquistas de la política en nuestros días, son también asunto de armas: en algunos casos, con conflictos abiertos; en otros, con ejércitos, siempre dentro de la función institucional de defender estructuras y sistemas.

Pero cuando ya en un país como Colombia, llega a registrarse tanto caso de ejércitos regionales, con el nombre de bandas criminales, grupos residuales, etcétera, los ojos del mundo se detienen para mirar todo esto con sorpresa, no sin causarle escándalo. De ahí la pregunta: “¿No le basta a Colombia, país de guerra, la confrontación entre guerrilla y poder armado del Estado?”.

Como consecuencia de una guerra que no termina, que puede apenas verse desterrada de una que otra zona, que va registrando desmovilización de lado y lado, va quedando el rostro de denuncia y de condena de la misma guerra; todo reflejado en hombres, mujeres, jóvenes y niños, que hoy permanecen a la intemperie, arrojados a las ciudades en forma de problema social, soportando siempre la dura e inclemente situación de desplazados.

Lo más inquietante y desgarrador, lo más torturante y extenuante para un país, es no tener la más remota idea de cuándo pueda terminar una guerra que nunca provocó, pero que sí ha venido sufriendo hasta el punto de hacerle perder su concepto de Nación y aún de patria. Pero más trágico resulta no saber qué porvenir le espera a la masa de desplazados; en un país donde los protagonistas de la guerra persisten no más que en mantener sus propias posiciones.

Como quien dice, se está lejos de la paz; esa condición de vida, que nunca lo será de
vencedores y vencidos, sino de replanteamiento de lo distinto que reclama la Colombia de los grandes sueños; la de quienes se vieron inmolados en aras de lo ideal: un país de todos y no de unos pocos.

Nada más urgente para Colombia que un escenario tranquilo para entender la misión histórica de la JEP: Una institución que necesariamente debe generar una nueva conciencia sobre la complejidad de nuestro conflicto. Para así dejar sin piso a los falsos «salvadores”; los que por tanto tiempo hicieron creer que sus «democracias» serían sinónimo de redención social.

Los profetas de la vida, continuarán saliéndole a la exigencia de construir la paz desde la gran experiencia de lo comunitario; pero sobre todo, saliéndole a la exigencia de que esa paz vaya siendo respetada, por lo menos por los sectores en conflicto.

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