¡Ojo con “personajes” de sapiencia, que más pueden resultar “verdugos”!

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El trabajo incondicional en función de la gente de a pie, es sabiduría propia de hombres de carisma; y por lo tanto: confiables.

Hay hombres que buscan ser dirigentes de su propio pueblo o región y nunca lo logran. Otros, en cambio, no buscan formas de liderazgo y sin embargo acaban por convertirse en conductores de pequeñas o grandes colectividades.

Tanta gente de comarca, al igual que tantos pueblos  o naciones, después de largas experiencias de equívocos, al elegir dirigentes, han aprendido a establecer quién es quién y de qué puede ser capaz, cuando se trata de conducir, de dirigir o al menos de abrir caminos, de trazar metas o de asumir desafíos dentro de toda una búsqueda o afán de lo colectivo.

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En cierto modo, es actitud de madurez social, haber aprendido a labrar la historia y trazarse destinos, con base en la elección de líderes o conductores. No para que terminen convirtiéndose en amos, sino para que cumplan la misión suprema de ser defensores de los intereses o miramientos de una comunidad o de un pueblo.

En tiempos de procesos electorales, dentro de lo que tanto en nuestros pueblos, se ha montado bajo el término “democracia”, no es extraño que analistas y críticos de la sociedad de nuestro tiempo y de los pueblos que manejan, siempre desde formatos de influencia, privilegio y aun manipulación, terminen formulando sus propias advertencias.

¿Qué tipo de advertencias, por ejemplo? Que mal síntoma será el del aspirante a ser dirigente, si no inspira confianza, si no se muestra amplio, abierto, si no sabe escuchar, si no es receptivo, si se torna excluyente, si varía en su trato, según sea a un pobre o a un rico, culto o a un iletrado. Peor si le cuesta prestar algún servicio, en forma desinteresada: una diligencia, un contacto frente a instancias de poderes.

Al que nació para ser líder, para responder a la conciencia de lucha de la misma gente, no les cuesta entregarse a las comunidades. Trabaja en función del colectivo humano, mañana y tarde, día y noche. Busca ser vocero, sobre todo de quienes permanecen en estado de marginamiento. Además, es consecuente con lo que dice, con lo que piensa, con lo que plantea. Es posible que ni sea hombre culto o letrado. Pero eso sí, lo acompaña la sabiduría de su propio carisma; que es esa fuerza interior de la que carecerán siempre los tecnócratas, los plutócratas, los de títulos obtenidos incluso en las más prestigiosas universidades del mundo.

La sociedad de nuestros días aparece más que plagada de “personajes” que merced a su sapiencia o tecnología, merced a sus discursos de grandes teóricos de la política, buscan ser dirigentes. Pero eso sí, sin mayores implicaciones, sin descender, sin mezclarse mucho con quien no pueda ser de su estrato, clase o condición social. Entonces, por no ser hombres de carisma, serán no más que unos pobres seres de actitudes olímpicas, desentendidos de cuanto pueda encerrar compromiso o defensa de las comunidades.

Mucho nos gusta que la gente de a pie, al cabo de tanto haberse equivocado al elegir no más que a “verdugos”, porque no son otra cosa los que han vivido de la ingenuidad, del analfabetismo político del pueblo, acaben por detectar a los “narcisistas” de oficio; son los farsantes de siempre. Son individuos que en ultimas no les interesa sino su propio “yo”. Solo tienen vocación o voracidad de amos y eso es todo. 

Ideal grande para países latinoamericanos será el de llegar a un gran concepto de unidad y de grandeza, merced al anhelo de sus pueblos y por liberarse de políticas y sistemas que más han podido ser el caso de pequeños imperios de amos, pendientes todavía de amos más poderosos y absolutos.

El proceso liberador, será tarea histórica más para ser confiada a conductores, líderes y profetas que, en virtud de su propio carisma, actúen desde las perspectivas de desarrollo de sus propios pueblos. Entonces, cobrará importancia el retomar la vida y la historia, desde modelos de sabiduría, ahí sí de hombres que hayan sido capaces de hacer escuchar su propio clamor o exigencia de justicia; todo como en un gran radicalismo de vida; que más que el de evitar que haya amos y la vida colectiva adquiera el sentido mismo de comunidad.

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