Primero de mayo

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Imagen | Vía marcianosmx.com

Por | Silvio E. Avendaño C

 A mí, el Primero de Mayo, me recuerda la obra de teatro La fiaca, de Ricardo Talesnik, estrenada en 1967. Néstor Vignale, quien lleva una vida monótona, decide no volver al trabajo a pesar de la cantaleta de la mujer y la madre posesiva.  Cae en uno de los pecados contra el capital: la pereza. Se queda en la cama. Pasa el tiempo en la “locha”. No va al trabajo porque no es nada atractivo, dado que trae consigo   cansancio, fatiga, tortura, rutina, desasosiego, dolor. Incluso la televisión le da asco.

Puede verse en las tablas, cuando se representa La fiaca, o cuando se ve la película, el trabajo alienado, la degradación de la actividad propia y la ausencia de la realización del hombre.  El trabajo no es realización, es un medio para la satisfacción de la necesidad y la existencia física. Vignale que se siente bien en el ocio, en la locha, en el juego, en la cama le huye al trabajo pues éste no le pertenece. La actividad del trabajo no es una actividad humana sino el horizonte de la desrealización. Con el paso de los días el hambre acosa a Néstor Vignale, y así vuelve al trabajo por necesidad.

Y es que el trabajo no ha gozado de buena salud a lo largo de la historia. El mito cuenta la expulsión de paraíso y la pérdida de la prodigiosa fiaca, pues a partir del “desalojo” desparece la actividad gozosa. En aquel paraíso la naturaleza era fecunda y sin mayor esfuerzo todo estaba al alcance de la mano. El desalojo del paraíso tiene como consecuencia el trabajo con el sudor de la frente y la declinación hacia la muerte.

Mas, el mito no se queda en el relato de algo fabuloso que, se supone acontecido en un pasado remoto y casi siempre impreciso. En otras palabras, el mito se encuentra en el presente. Así, el mito del neoliberalismo prometió el fin de la historia en el paraíso de la apertura de mercados y la democracia del voto que, harían posible el consumo y la libertad.

Pero las promesas de la utopía que ofrecía el mito no llegaron. A pesar del optimismo. Godot se quedó esperando el paraíso, creado por las condiciones de la competencia que asegurarían la eficiencia de los productores y la felicidad de los consumidores.

 La democracia del voto condujo a la publicidad, la propaganda y la manipulación. Y luego de los procesos electorales no hubo el paraíso prometido del bienestar y la felicidad. El trabajo siguió la declinación del empleo y, cuesta abajo, hacia la flexibilidad laboral. Desaparecieron los contratos a término indefinido. Los nuevos contratos de trabajo se flexibilizaron a meses, semanas y horas. La salud dejó de ser derecho y pasó a ser servicio y la inercia hacia el “trabajo barato”. A lo que se añade que, para millones de viejos, los aportes de la seguridad social no alcanzan para hacer posible una pensión, mucho más si los “jóvenes” se afiliaron a los fondos privados.

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