La ciudad y los perros

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Imagen | vía blogs.uoregon.edu

Por | Silvio E. Avendaño C.

Al colegio llegan los estudiantes desde provincia y la ciudad. Hay que darles identidad, hay que bautizarlos. En la sociedad no hay igualdad ni libertad.No hay reconocimiento sino sometimiento por la fuerza y la violencia. “O comes o te comen, no hay más remedio”. A pesar de que: “El capellán pronuncia sermones patrióticos, el amor a Dios y a la patria” y, las directivas saben que la formación encierra: “Pero no olvide tampoco que lo primero que se aprende en el Ejército es a ser hombres. Los hombres fuman, se emborrachan, tiran contra, culean.”

A raíz de la lucha por sometimiento mal la pasa quien se aísla. Hay que asociarse para la defensa. “El Círculo había nacido con su vida de cadete, cuarenta ocho horas después de dejar las ropas de civil y de ser igualados por la máquina de los peluqueros del colegio que los raparon y, de vestir los uniformes caquis, entonces flamantes y formar por primera vez en el estadio al conjuro de los silbatos y voces de plomo”. Quien no se hace mafioso está condenado a ser esclavo. “…lo que no debió hacer fue arrodillarse, eso no. Y además juntar las manos, parecía mi madre en las novenas, un chico en la iglesia recibiendo la primera comunión, parecía que el Jaguar era el obispo…No tienes dignidad ni nada. Eres un Esclavo”.

Con el paso de los años el recuerdo de la estadía en el colegio militar se diluye. La estatua del héroe, Leoncio Prado, en el centro de formación de hombres como “machos, con huevos de acero”, en un país que “está como está porque no hay disciplina ni orden. Lo único que se mantiene fuerte es el Ejército”, en “el desfile de los próceres epónimos, de los mártires de la Independencia, los héroes inmarcesibles que habían derramaron su sangre generosa por la patria en peligro”.

 “…en cada linaje el deterioro ejerce su dominio”, es el epígrafe, de la última sección de La ciudad y los perros. Al teniente Gamboa por “cumplir el deber” se le traslada a la región indígena. Alberto, el poeta, al terminar los estudios en el colegio, al que fue enviado para que no se perdiera, dice: “Dentro de algunos años ni me acordaré que estuve en el Leoncio Prado –antes de su viaje a los Estados Unidos- Estudiaré mucho y seré un buen ingeniero. Cuando regrese, trabajar con mi padre, tendré un carro convertible, una gran casa con piscina. Me casaré…” Y, el Jaguar, empleado de Banco, al despedirse de su amigo Higueras, con quien ha robado, hace un tiempo: “Avísame si puedo ayudarte en algo”,

Las novelas, en general, siguen la secuencia de principio, nudo y desenlace. Más, La ciudad y los perros, (1962), de Mario Vargas Llosa, rompe con esa sucesión. El lector tropieza con fragmentos que al armarlos le dan la unidad: El robo del examen de química. El castigo por tal falta. El “sapo” que denuncia. La expulsión del transgresor. El asesinato del culpable por la expulsión del compañero. A diferencia de muchas novelas policiacas en que se descubre y se juzga al asesino, en el relato se encubre para que no se desacredite la institución.

En el horizonte de Hispanoamérica se vive entre los retozos democráticos y el freno de emergencia: la dictadura. El autoritarismo se forja en el estudiante, al igual que el nacionalismo que divide a Hispanoamérica en republiquetas, donde el enemigo es el próximo, el más cercano, o bien el país vecino, ante el cual hay que cuidarse y armarse.

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