La jugada maestra es quedarse en el poder y para siempre

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Foto | Vía adamolsenmla.ca

Por | Manuel Humberto Restrepo Domínguez

La guerra en Colombia degeneró en barbarie y convirtió a la política en heredera de la tragedia vivida, que incluso es usada para justificar la continuidad de la tragedia misma, algo así como azuzar a las víctimas a que defiendan su condición de víctimas o invitar al humillado a justificar su necesidad de seguir humillado. Parece perverso pero es real. Los corruptos le ganan juicios al estado usando al mismo estado como juez y los encargados de matar anuncian públicamente el nombre de su siguiente víctima y hay gente que aplaude.

        El modo de acción del partido en el poder, acostumbró a medio país a ser indiferente, indolente, a ver morir y sonreír un poco, porque mejor que nadie sabe convertir en chiste o espectáculo mediático la tragedia ajena. Mejor que los comics convierte en juego la idea de hacer lo que sea o lo que toque para conservar el poder.

Su jugada maestra es de codicia, avaricia y crueldad, juega sin reglas o las acomoda sin rubor.

Nada en el campo de juego del territorio colombiano corresponde a episodios particulares, ni a errores, ni faltas, ni equivocaciones, esa es sencillamente su manera de jugar, planeada, conectada. Su ejercicio de poder está articulado e impide que su tipo de juego sea comprendido a cabalidad para enfrentarlo, juega rápido, reacciona de inmediato. Esa es su mejor destreza.

        Hace cerca de dos décadas el país encontraba en la constitución de 1991 la llave de salida al laberinto del conflicto armado y su jugada maestra fue cambiarle su médula, desarmar su estructura. Compraron a los congresistas Teodolindo y Yidis, y por dos votos personales, la historia del país es otra. Le metieron otra médula a una constitución que había valido la entrega de armas de cinco grupos insurgentes, una movilización estudiantil con el lema de “todavía podemos salvar a Colombia” y la aceptación de la sociedad para legitimar con varios millones de votos una constituyente que renovó la esperanza el 4 de julio de 1991. 

      La jugada maestra que hoy parece estar en proceso de cocción es la misma de antes, volver a cambiar la médula a la constitución como misión del partido de gobierno. Promover otra constituyente, para debilitar aún más al estado de derecho y a los derechos y libertades ganadas y poner todo al alcance totalitario del partido en el poder, unificado en torno a la causa profunda de habilitar a su presidente para un mandato eterno con un partido único nacional-uribista.

Las demás son “jugaditas”, unas para poner barreras a la justicia, maltratar a jueces, magistrados, periodistas y opositores políticos o para confundir sobre las  “extrañas muertes” sistemáticas de líderes y lideresas sociales. Y otras para eliminar límites y romper reglas, como reinventar el limbo de guerra o paz o jugar a cambiar términos, palabras y conceptos, para que las nuevas relaciones con las Naciones Unidas, queden sujetas a hacer creer que en Colombia lo que hay es una “situación compleja”, sin conflicto, sin tragedia.

La estrategia de la gran jugada maestra, ha sido esconder su jugada principal entre jugaditas menores. Mantenerle a la gente metido el miedo entre sus huesos y ponerla a mirar hacia otro lado.

Enseñar que en cualquier parte, cualquiera puede encontrarse con un criminal muy peligroso que lo va a atacar y que por eso es mejor ir con cuidado, no dar papaya como lo repetía la mafia, no mirar, no ir en contravía, ir siempre por la derecha como lo anuncian las vallas en las carreteras. Ese temor se replica, impide alzar la voz o llamar a las cosas por su nombre y no permite gritar el basta ya, para que todo cambie y la verdad de lo que ocurre vuelva a ocupar su lugar. Y, ¿cómo no tener miedo?, si siguen ocurriendo desapariciones forzosas, masacres, descuartizamientos (en Bogotá uno por mes) o en Medellín cosas tan graves como que según el gobernador “les están echando los cuerpos a los marranos para que se los coman”, (el heraldo, julio 16 de 2019) y todos los días asesinan líderes sociales.

       Las “jugaditas” como las del último minuto del presidente del senado son convertidas en chiste, en episodio, que elimina la palabra de los otros, mientras la jugada maestra avanza. El presidente del congreso para defender sus vacíos, hizo jugaditas. Cuando adujeron que no tenía título de bachiller, recibió en un fin de semana 17 reconocimientos del partido en el poder, inclusive uno del presidente (semana.com, 10/06/2018) para tapar en equipo su faltante de educación, formación y conocimiento; después usó el veto de los “30 segundos niña y termina” para callar a la vocera estudiantil que presentaba las razones de la más sólida movilización universitaria del siglo XXI (elpulzo.com, 10/10/2018) y en el momento final el destino, aliado de la democracia, le abrió el micrófono y todos oyeron su “última jugadita”, para callar a la oposición política, a la que estigmatizó, intimidó, burló y prácticamente mantuvo bajo amenaza, todo con su falsa tonalidad de “defender la democracia maestro”. 

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