¿Cuál es el mejor negocio?

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Foto|Hisrael Garzonroa

Por | Silvio E. Avendaño C.

Desde la plaza de mercado, a lo lejos, el volcán luce, se dibuja, en arena negra. La nieve se derritió hace tiempo. Y, junto a la antigua estación del tren, llegan las chivas con los campesinos y su cargamento. El precio del café está por el suelo desde 1989, cuando la Organización Internacional del Café, integrada por países consumidores y productores, tomó la decisión del libre mercado que, llevó a que los pequeños productores, estén recibiendo un precio por debajo de los costos, hecho que los lleva a la pobreza extrema.

Desde la plaza de mercado, a lo lejos se ven las lomas calcinadas por el fuego, en tiempo de verano. Y en los puestos de venta, que invaden las aceras, se ofrece la paca de doce panelas, empacadas en papel, por un valor de 18.000, de tal modo que cada unidad, con la rebaja, queda por debajo de los mil quinientos pesos Los costos de producción son más altos que la paga en el mercado. Los pequeños productores de panela, los que tienen trapiche y pailas, se desploman a la miseria.

Y en los lugares donde se compra el kilo de fique no sube de los dos mil pesos. Al preguntar las razones para que el precio esté tan bajo se dice que las industrias no demandan fique, porque se han aumentado las importaciones de yute, una fibra blanda que viene de la India y, que tiene un precio más bajo.

Y, en plena calle, el chontaduro luce rojo, anaranjado o amarillo. El precio de los frutos de la palma depende de la oferta y la demanda. Con una pizca de sal y unas gotas de miel el chontaduro es una delicia, hasta que el cultivo no sea afectado por el insecto que los campesinos le temen: el picudo.

Alguien dice que vender automóviles es algo jugoso, ya que por la creciente del individualismo se compra un auto. Negocio que lleva a las estaciones de gasolina. Y ante el problema de la contaminación y, sin la esperanza de que lleguen los autos eléctricos, se dice con optimismo “Mi auto contamina un poquito”. Otro buen negocio son los celulares que encierran el temor al robo o la pérdida. Aunque todavía no se puede decir que la “celuraritis” sea una enfermedad que lleve a urgencias, como resultado de estar siempre conectados o despegados del móvil.

Y por el firmamento pasan las nubes blancas, grises, casi negras, con sus ubres plenas de agua, pero no se desgrana ni un aguacero. Y ante el calor sofocante del verano ningún cura convoca a una rogativa, como antaño. A lo mejor el cultivo de las hierbitas, cuya exportación prohíbe el norte, sin que caiga del curubo ningún mafioso de esos lares, sea el mejor negocio. Y ¿por qué no la minería?

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