Monumentos para pensar

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Fotos | Carlos Carreño

Por | Carlos Andrés Carreño Hernández / Profesional en Conservación y Restauración de Bienes Muebles / Mg. en Patrimonio Cultural

El campo de investigación que se abre ante los ojos de las diversas disciplinas que estudian el patrimonio cultural en una ciudad como Tunja, es bastante amplio, ya que la capital boyacense es una de las ciudades con mayor acervo histórico y cultural en el país, además de presentar características que, desde la contemporaneidad, permiten cuestionar y poner en crisis el valor y uso de los referentes de memoria e identidad, que hacen parte de su entramado urbano.

Por este motivo, y con el apoyo de la Secretaría de Cultura y Turismo de la Alcaldía Mayor de Tunja, a través de la Convocatoria de Estímulos para procesos artísticos y culturales de Tunja 2019, pude desarrollar la investigación ‘Valoración ampliada de tres monumentos en el centro histórico de Tunja: Antonio Ricaurte, Juan José Rondón y Francisco de Paula Santander’.  

Se trata de un acercamiento al patrimonio mueble de carácter conmemorativo, emplazado en la ciudad, para poner en tensión su intención original frente a unas necesidades socioculturales que distan de los intereses que tuvieron las élites que los impusieron en un primer momento. El interés es relacionar tres ejes de valoración, el establecido por la ley 1185 de 2008 (Ley del patrimonio cultural en Colombia), el derivado de su función como nodo urbano, y el emanado de las voces propias de las comunidades que cohabitan con estos monumentos en sus lugares y recorridos cotidianos. 

El objetivo de este artículo, más que describir la investigación, es compartir parte de la reflexión que se deriva de la aplicación de una metodología de investigación, en la cual se utilizó una serie de instrumentos, tanto tradicionales como participativos, cuyos resultados permitieron la construcción de una matriz de valoración para los tres monumentos que hacen parte del caso de estudio, como posibilidad de acercamiento reflexivo al cómo entender la razón de ser de estos elementos, en una ciudad como Tunja, entendida como lugar habitado, múltiple y plural. 

Busto a Antonio Ricaurte, Parque Pinzón. Autor Henri Desiré Leon Gréber. Foto | Carlos Carreño

La relación entre los monumentos que motivan esta investigación,  transita entre sus valores históricos, formales, tecnológicos, estéticos y simbólicos, articulados con su función, como ya se mencionó, dentro de la traza urbana, ya que, a modo de nodos, son articuladores en las lógicas de movimiento y estancia que se dan en la ciudad, emplazados en tres espacios urbanos muy diferentes, que hacen parte de la codificación de Tunja como constructo, como ese lugar habitado anteriormente mencionado, que deja huellas (Parque Pinzón), heridas (Plazoleta San Francisco) e implantes (Parque Santander). A estos dos ejes de valor, se le suma el aportado por las comunidades que, en su diario vivir, y en diversos niveles e intenciones, los recorren de manera cotidiana y los habitan. 

Recorrer estos tres monumentos permite reconocer, no solo tres espacios urbanos relevantes dentro del imaginario colectivo tunjano, escenarios de una cotidianidad que, en parte, los ha invisibilizado, sino también,  son un reto reflexivo para aquellos que aún creemos en la importancia de fortalecer la inteligencia sensible de las personas, a partir del reconocimiento y sensibilización, para valorar tres detonantes estéticos, tres dispositivos para la contemplación, entendida como una de las posibilidades para aliviar la salud mental de los habitantes de la ciudad, y plataforma para crear espacios de pensamiento desde la experiencia estética, es decir, estos monumentos son condensadores que aportan a la consolidación de ciudadanos pensantes, capaces de conmoverse y construir mundos posibles, desde la interpretación de la forma y la comprensión de su trasfondo. 

Busto a Juan José Rondón, Plazoleta San Francisco. Autor Francisco Antonio Cano. Foto | Carlos Carreño

En conjunto, estos tres monumentos permiten construir una narración, cuya gramática cuenta con el aporte de tres importantes escultores, que a su vez son la evidencia de tres momentos de la historia de la escultura conmemorativa en el país, que inicia por un lenguaje neoclásico tardío, como lo muestra el busto en homenaje a Antonio Ricaurte (década de 1920), obra del escultor Francés Henri Desiré Leon Greber (1854-1941), pasando por la introducción del lenguaje gestual de la escultura, evidente en el busto a Juan José Rondón (1926), obra de Francisco Antonio Cano (1865-1935), para cerrar con la introducción del lenguaje moderno en la escultura, evidente en el volumen escultórico de la representación pedestre de Francisco de Paula Santander (1949), elaborada por Bernardo Vieco Ortiz (1886-1956), discípulo de Cano. 

Escultura a Francisco de Paula Santander, Parque Santander. Autor Bernardo Vieco Ortiz. Foto | Carlos Carreño.

Para la reactivación de estos monumentos, como detonantes y a la vez dinamizadores de sentido en el territorio, es necesario un esfuerzo inter y transdiscilinar, que no solo los ponga en valor desde su entorno urbano, sino que se vea articulado con un sistema educativo, que vuelva su mirada a la importancia de la historia y la formación estética, como elementos indispensables para la formación integral de la inteligencia emotiva de las comunidades tunjanas, que a todas luces, requiere de procesos integrales que le permitan entenderse como colectivo consciente y activo, capaz de continuar con la construcción de un territorio tunjano, entendiendo su patrimonio, no como un problema de objetos, sino como un recurso activo, en constante dinamización y transformación. 

Investigaciones como ésta pretenden continuar abriendo espacios para pensar la ciudad de Tunja, para decodificar sus mensajes, a partir de la comprensión de su lenguaje, de su gramática compositiva. Tunja, una ciudad cuyos tesoros no solo se limitan al soporte material, sino en las potencialidades de su interpretación, a la luz de las necesidades contemporáneas de unas comunidades que requieren, cada vez con mayor urgencia, espacios que les permitan entenderse como seres trascendentes, como verdaderos seres humanos, capaces de construir y de construir su imaginario como colectividad. 

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