Necesitamos un solo concepto de patria: El latinoamericano

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Los hombres y los pueblos del contexto latinoamericano, tomarán fuerza y vida cuando se doten de organizaciones que lleven el valor del desafío; sin que ello sea riesgo. Será encontrarse en la ley de construir la patria de agenda propia: la del gran conglomerado continental de lo humano, de lo social.

Si se llegara a realizar en algún lugar del planeta una cumbre de países todavía de enormes limitaciones, condicionamientos, aquello más sería para mostrar ante la faz de la tierra una voluntad de culturas y civilizaciones, bajo el imperativo de mirar el presente y aun el futuro, desde unos pueblos que necesariamente deben manifestarse como bloque sufriente de la humanidad.

Se engañan las naciones de situaciones heterogéneas; las mismas que por considerarse en vía de desarrollo, ya creen que deben tener entre sus interlocutores no más que representantes de los poderosos de la tierra; cuando en su realidad de pueblos se siguen registrando grandes fenómenos de injusticia social: analfabetismo, pobreza, miseria, desempleo, en fin, situación de inseguridad, de angustia y desesperanza.

Si alguna cumbre de corrientes del pensamiento lograra reunir a nuestros países, más sería para que cada tendencia ideológica entregara su propio aporte en la interpretación de las duras realidades que aquejan a nuestros pueblos; de las causas profundas de sus estancamientos; de sus formas de soportar colonialismos; pero por sobre todo, aportar luces para despejar situaciones; para trazar incluso objetivos; no sin el gran propósito de jalonar la propia histórica desde una plataforma que en sus miramientos vaya más allá de organismos heterogéneos como lo es la ONU, por ejemplo.

Si hay momento histórico para afianzar lo que se busca “ser”, es precisamente el de las expectativas; que es algo así como la fuerza interior por romper ataduras, por establecer autonomías, por trazarse metas propias de desarrollo.

A América Latina se le llamó hasta no hace mucho el “Continente de la Esperanza”. Traía su propio furor. Tanto que naciones de Centro América como Nicaragua, El Salvador, Guatemala, impactaron al mundo desde sus particulares formas de lucha en sus pueblos.

Entre tanto, en naciones como Brasil, Perú y Colombia, coincidían marxistas y sectores de la catolicidad en el gran propósito de analizar la situación del hombre latinoamericano; no sin plantear formas de trabajo colectivo; aquellos cristianos, consideraban sus comunidades de base, como de amplio conocimiento sociológico; con trazos para tornar vivo y actuante el Evangelio, desde la realidad de los pobres.

No faltaron los inquisidores, que los ha habido en todas las épocas; para tener hoy por resultado un continente que tendrá que hacer sus esfuerzos de acercamiento y unidad entre sus pueblos para volver a ser el continente de la esperanza; pero no lo será con la proliferación de “grupos evangélicos”, que necesariamente resultan adormecedores; porque jamás los encontraremos dispuestos a ubicarse en el espíritu y exigencia de aquella Bienaventuranza que dice: “Dichosos los que trabajan por toda justicia y le abren así caminos a la paz”.

Si alguna esperanza puede darse para los pueblos de nuestro continente, es hacer de la liberación el gran pensamiento de vida; porque habrá vida, mientras se contemple que es imperioso replantear el término “independencia”. Sin esperar que una sociedad y unas políticas, que creen estar haciendo gracia al hacerle antesala a amos del mundo, no sin sentir aires de grandeza al tener como interlocutores a gerentes mismos del manejo mundial.

La esperanza, que es aporte del pensamiento, que son disciplinas coincidiendo en el propósito común de impartir la pedagogía de la plena independencia y que tanta fuerza organizativa alcanzó en los años 60 y 70, ha de retomar el trabajo de hacer del continente el gran taller para que haya un solo concepto de patria: el latinoamericano.

Hombres y pueblos experimentan parálisis cuando sus destinos han caído en manos de individuos que irrespetan el derecho que tienen a crear su propia política de desarrollo. Es como una humillación que se desprende del poder.

Como hombres y como pueblos tomarán fuerza y vida cuando se doten de organizaciones que lleven el valor del desafío; sin que ello sea un riesgo. Será encontrarse en la ley vital de construir desde el gran cimiento de patria; sentida y vivida; con agenda propia sobre el qué hacer: pero ese qué hacer, con alcaldes, con concejales, con diputados, con gobernadores, con congresistas, con presidentes que en sus propias funciones y gestiones, cumplirán el gran objetivo de ser eficaces para el pueblo todo del continente; que ha comenzado por ser autónomo o libre, lo cual es el principio de toda eficacia: la de los hechos en función de la comunidad latinoamericana.

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