Boyacá hambrienta

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Foto | Hisrael Garzonroa-EL DIARIO

Por | Juan Ricardo Díaz Ayure / @DiazAyureJuan

Juan Ricardo Díaz. Politólogo, psicólogo y magíster en geografía. Consultor y catedrático universitario. Foto | Archivo personal

El hambre no es producto de la escasez de alimentos en el mundo. Esa escasez no existe. El hambre prevalece porque la riqueza de unos pocos, sus movimientos financieros, los commodities y los alaridos de las ruidosas bolsas de valores alteran el precio de alimentos, condicionando la posibilidad de millones de personas de acceder a ellos. O simplemente, porque la comida como forma de inversión, es más rentable cuando se utiliza para alimentar y engordar animales que reportan buenas utilidades al ser comercializados. No es una suposición simple, a lo económico se suman variables climáticas, la disponibilidad agrícola y de mano de obra, así como la estabilidad y cambios de los regímenes políticos.

            Popularmente se reconoce el hambre como la ausencia de alimento y la necesidad de comer; su máxima expresión es la muerte por la falta de consumo de nutrientes y calorías necesarias para el funcionamiento del cuerpo humano. Sin embargo, existen otros tipos de hambre: la del gusto, que es propia de quienes pueden satisfacerla pero por alguna alteración en su estructura psicológica, por presión social o estética condicionan su ingesta. También, hay otra que se caracteriza por el consumo de alimentos considerados no adecuados por su contenido calórico exagerado, un hambre si se quiere “moderna”, propia de las personas con sobrepeso. Sucede, en gran medida, porque el fortalecimiento del libre mercado ha permitido democratizar y ampliar la disponibilidad de alimentos con alto contenido en grasas y proteínas a precios muy asequibles; productos procesados, frituras y dulces abarrotan las estanterías de supermercados de bajo costo, que se expanden rápidamente gracias a la acogida de multitudes atraídas por la lógica del ahorro.

           Boyacá no es ajena a estos tipos de hambre. En el 2017 se alertó que cerca del 37% de sus municipios, 45 de 123, estaban en alto riesgo de desnutrición; también reportan 393 casos de desnutrición aguda en menores de 5 años, en ese año; y, 590 en el 2018, según la Secretaría de Salud Departamental en información publicada en el Boletín Epidemiológico de Boyacá de enero de 2019. Son datos que mantienen una tendencia que desde finales del S.XX hace énfasis en que el departamento tiene graves problemas de desnutrición infantil.

            Las cifras, negativas por sí mismas, acarrean otra serie de consecuencias nefastas. Un cuerpo desnutrido tiene una capacidad física, intelectual y de aprendizaje reducida y es vulnerable a enfermedades crónicas, cardiovasculares o metabólicas.

            Por otro lado, el departamento se ubica por encima de la media nacional de población con sobrepeso y obesidad. En un piloto liderado en Tunja por la Liga Contra el Infarto y la Hipertensión, calcularon que aproximadamente el 54% de la población capitalina tiene sobrepeso. A estos problemas se suma la hipertensión como una de las principales causas de muerte en el departamento.

            La población no se alimenta bien, por falta o por exceso: Boyacá está hambrienta y demanda acciones de política pública más certeras. Sobre todo, estos asuntos demandan un mayor compromiso y sensibilidad de las autoridades departamentales. Se necesita un papel más activo sobre mecanismos que permitan a la población acceder a alimentos de buena calidad y ajustados a unas demandas calóricas que permitan que la ciudadanía se mantenga saludable. Frente a productos que no son adecuados para mantener una dieta balanceada se necesitan acciones para sensibilizar a la población sobre los efectos negativos de su consumo.

Más sensibilidad para pensar en el hambre de los boyacenses, por favor. 

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