Señorío que lo fue de ayer: lo ha de ser de siempre

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Un sector minoritario de la juventud en nuestro tiempo, en países como el nuestro, puede estarse colocando a salvo de muerte anticipada como la drogadicción, el alcoholismo, la frivolidad, la vulgaridad. Como jóvenes, han sido preparados para regirse por un catecismo de vida llamado Evangelio. Hace 50 y más años, otro catecismo, fue también tabla de salvación para generaciones.

En el eclipse de su propia existencia pueden encontrarse a esta hora las generaciones de colombianos que se vieron marcadas por el Catecismo “Astete” y por la Urbanidad de “Carreño”. Los dos históricos libros que cumplieron un papel determinante en la formación del educando para resistir siempre a los demonios del “mundo y la carne” y ser un ciudadano fino, delicado, intachable, en un comportamiento que hoy sólo se verá en las cortes reales, figurarán como publicaciones carcomidas por el tiempo, aunque guardadas con respeto y aún veneración en el baúl de los recuerdos.

Al realizar un gran reportaje para las nuevas generaciones de lo que pudieron ser aquellos dos libros en mención, habría que decir que el Catecismo formó en lo que hoy prácticamente ha desaparecido, esto es el respeto a Dios, no sin definiciones temerosas sobre el infierno y el purgatorio. Entre tanto la Urbanidad se encargaba de ir señalando cómo debían ser los buenos modales en cualquier escenario de la cotidianidad; así en la casa como en la calle, en la mesa como en el templo.

“Hay que mandar al niño a la doctrina”, se decía; era enviarlo al templo para ser preparado desde el Catecismo “Astete”, a la primera comunión. La maestra en la escuela, era ante todo una catequista. Nadie crecía sin aprenderse de memoria la “doctrina”. Se llegaba a grande y se era “doctrinario”; siempre sobre las grandes verdades de la fe del Catecismo “Astete”. Ningún libro como este de tantas preguntas y respuestas; todo con su lenguaje rígido, severo, explicito, contundente; así al hablar de los dogmas, de los mandamientos, de los sacramentos, del pecado, de la gracia, de la misericordia. En fin, catecismo para responder a las verdades de fondo: que la Resurrección, que la Ascensión, que el Pentecostés.

La urbanidad de “Carreño”, por su parte, era algo así como otro catecismo pero de la vida social; aunque sin preguntas y respuestas; más bien haciendo de cada párrafo toda una pieza encaminada a sincronizar el comportamiento humano; creando la Cultura del Respeto, de las Finezas, como en unos preceptos que más eran de religión, de formas para salvaguardar delicadezas de espíritu. Todo ello evitó que entre la sociedad y aun en el modesto pueblo, se conocieran casos de “guaches”, como no fuera que hubieran escapado a la formación de “Carreño”.

Hoy observamos que las distintas generaciones levantadas en los últimos 50 años, ya no encontraron para el pensum de vida, ni el Catecismo “Astete” ni la Urbanidad de “Carreño” y ni siquiera algo parecido. Los dogmas de la fe desaparecieron. También los temores a la severidad y justicia de un Dios. Surgieron en cambio otros dogmas: los de la entronización del “dios – dinero”. Doctrinario ya no lo es cualquier ciudadano. A lo sumo, será utilizado por los pontífices de la economía: los grandes doctrinarios del poder. Normas de comportamiento, de conformidad con la dignidad humana, no existen. Entonces desapareció el respeto por sí mismo y por ende el respeto al “otro”, cualquiera que sea.

El imperio de los “guaches” o “vulgares de la carroña”, está a la vista. Así en los estratos de refinamientos “sociales y económicos” y en las generaciones de emergentes, de todas las pelambres que van saliendo de las universidades para adentrase ya como profesionales en la “escuela de las oportunidades”: las de unas estructuras y unas políticas que dan para que prospere precisamente la cizaña; y se ahoguen los reductos humanos, heredados todavía de las firmezas en que pudieron formar el Catecismo “Astete” y aún la Urbanidad de “Carreño”; en aquello del señorío o alto concepto de “ciudadanos de bien”, orgullosos de su propia delicadeza de espíritu u honradez a toda prueba.

Hoy no sería el caso de volver al “Astete” ni a “Carreño”; ni más faltaba. Pero sí por lo menos hay que formar al hombre con criterios para la tolerancia y la convivencia, lo cual es actividad de auténtica fe. En otros términos, civilización de lo fundamental, de lo esencial: que más que la sabiduría de las actitudes de la grandeza y dignidad humana, de respeto y hasta veneración al “otro”, cualquiera sea. Como en los “tiempos aquellos” de la cultura de lo señorial.

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